Vida y muerte by Stephenie Meyer

Vida y muerte by Stephenie Meyer

autor:Stephenie Meyer [Meyer, Stephenie]
La lengua: spa
Format: epub, mobi
Tags: Novela, Fantástico, Juvenil, Romántico
editor: ePub y Más
publicado: 2015-10-05T16:00:00+00:00


CONFESIONES

Con los ojos cerrados, Edythe avanzó a ciegas hacia la luz.

El corazón me dio un vuelco y empecé a correr hacia ella.

—¡Edythe!

Solo cuando abrió los ojos y estuve lo suficientemente cerca para empezar a comprender lo que estaba viendo, me di cuenta de que no estaba ardiendo en llamas. Alzó la mano de nuevo, con la palma hacia mí, y yo me tambaleé al frenar y a punto estuve de caer de rodillas.

La luz manaba de su piel, y danzaba en prismas irisados que recorrían su rostro y su cuello y descendían por sus brazos. Refulgía con tal intensidad que tuve que entornar los ojos, como si estuviera mirando directamente al sol.

Sentí el impulso de arrodillarme a propósito. Aquella era del tipo de belleza digna de adoración. El tipo de belleza por el que se erigían templos y a la que se ofrecían sacrificios. Deseé tener algo, cualquier cosa, en mis manos vacías que ofrecerle, pero ¿qué podía querer una diosa de un mediocre mortal como yo?

Tardé un rato en alcanzar a ver más allá de su incandescencia la expresión de su rostro. Me miraba con los ojos muy abiertos, casi como si tuviera miedo de algo. Yo avancé un paso en dirección a ella, y ella se estremeció levemente.

—¿Te duele? —susurré.

—No —me respondió también en un susurro.

Avancé un segundo paso hacia ella. Volvía a tener la sensación de que era un imán y yo un impotente trozo de burdo metal. Dejó caer a un costado la mano con la que me advertía que no avanzara. Cuando se movió, el fuego descendió en un fulgor por su brazo. La rodeé muy lentamente, manteniendo la distancia, pero necesitaba aprehender aquello, observarla desde todos los ángulos posibles. El sol revelaba su piel, refractando e intensificando todos los colores del espectro de la luz. Mis ojos tuvieron que acostumbrarse a aquella maravilla y, cuando lo hicieron, se me abrieron de par en par a causa del asombro.

Sabía que había elegido adrede la ropa que llevaba aquel día, que estaba decidida a mostrarme aquel espectáculo, pero la pose que había adoptado en aquel momento, con los hombros tensos y las piernas rígidas, hizo que me preguntara si no se estaría arrepintiendo ahora de su decisión.

Cerré el círculo que estaba describiendo a su alrededor, y avancé los últimos metros que nos separaban. No podía dejar de mirarla, ni siquiera para pestañear.

—Edythe —suspiré.

—¿Ahora sí que te asusto? —susurró.

—No.

Clavó sus ojos inquisitivos en los míos, intentando escuchar mis pensamientos.

Yo me acerqué a ella con una lentitud deliberada, observando su rostro en busca de algún signo que indicara que me daba permiso para hacerlo. Sus ojos se ensancharon aún más, si cabe, y permaneció inmóvil. Con suavidad y cautela dejé que las yemas de mis dedos rozaran la reluciente piel de la parte trasera de su brazo. Me sorprendió notarla tan fría como siempre. Mientras mis dedos la rozaban, los reflejos del fuego también titilaron contra mi piel y, de repente, mi mano ya no pareció una mano ordinaria.



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